Se me derrite en la mano, cada vez que intento abrir alguna puerta

lunes, 26 de septiembre de 2005

Castillos de arena (II)

De pequeño o igual no tanto, solía construir castillos de arena.
Pasaba horas y horas sólo en la orilla y, habiendo perfeccionado la técnica del goteo que me enseñó mi tío, construía castillos increíbles, o al menos eso creo por el recuerdo que tengo de los adultos que pasaban y miraban atónitos.
Alguna vez, algún niño/a pequeño/a, se acercaba curioso/a a mirar cómo lo hacía y yo encantado le enseñaba procurandole una torre bien lejos del castillo principal para que se expresase a su aire.
Me fascinaban, evitaba el momento de entrar en el agua a refrescarme por el miedo que tenía a que se lo llevase una ola, cosa que al final siempre acababa ocurriendo, o que algún insensato derribase mi gótica construcción.
En la obsesión que aún mantego de conservar la obra, descubrí según me recordó mi hermana hace unos días, una fórmula que no evitaba el derribo pero aliviava el dolor:
Bajo las frágiles gotas de arena decidí instalar unos cimientos de piedra, con una función bien simple: el ingrato que con afrán de destrucción viniese a pisar o meterle una patada al castillo, se encontraría inesperadamente, metiéndole una patada a unas piedras igual no tan bonitas y frágiles ante sus pies sino más bien todo lo contrario.
Alguna vez, mientras decidía permanecer en el agua, creo haber disfrutado de esta imagen igual algo macabra, pero sin duda gratificante.

No hay comentarios: