Se me derrite en la mano, cada vez que intento abrir alguna puerta

martes, 6 de septiembre de 2005

El canto de la Bañera

Aunque nunca lo había hecho, nadar iba en su naturaleza.
Presumía de su cerámica azul, se deslizaba entre las olas como un delfín.
Bajaba, subía, saltaba y siempre permanecía vacía e impoluta.
Bajo el silencio del mar abierto, se sentía libre.
Es probable que más adelante llegase cualquier humano a aprovecharse de ella,
a usarla de barca, a presumir de su cerámica azul,
pero aquella tarde de pleno agosto
surgió de lo más profundo de sus tuberías
un indescriptible sonido
de felicidad.

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