Se me derrite en la mano, cada vez que intento abrir alguna puerta

miércoles, 23 de noviembre de 2005

Viaje a ninguna parte

Cada jueves viajo de una isla a otra y este, curiosamente, me sentía curioso y especialmente sensible.
Me senté en la ventanilla y, en vez de leer o escribir como suelo hacer en otras ocasiones, me dediqué a observar el otro lado. Mentira, escribí lo que observaba en una servilleta que se perdió.
Abajo, sobre el mar, la sombra del avión nos perseguía como un pequeño cachalote que juega tras su madre, era alucinate.
En el aire las nubes parecían sólidas construcciones de fantasía y cada una creaba formas a su antojo. Eran ciudades mágicas inhabitadas, nada de figuritas de algodón o caras imagiarias eran inmensas esculturas naturales fugaces.
Fue entonces cuando mirando más cerca ví como la hélice del avión rompía las formas y las convertía en pequeñas turbulencias para los pasajeros. Cada nube que la hélice cortaba se transformaba en un pequeño o menos pequeño movimiento en el avión, que impertérito seguía destrozando esa belleza natural.
Desde dentro uno mira lo grande que nos creemos y lo pequeños que somos.
Pensé en cómo todo es así, en como el hombre que es menos que una hormiga en este universo, se cree dueño y señor del planeta y de todo lo que hay en el. Podemos acabar con animales, con bosques, con recursos naturales, pero al final, nosotros también somos parte de esa naturaleza que asesinamos y recuerdo una frase que escuché hoy: "sólo las cucarachas sobrevivirían a una bomba atómica".

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