Se me derrite en la mano, cada vez que intento abrir alguna puerta

lunes, 3 de diciembre de 2007

Poemario 2: Iris

Siempre creí en el arcoiris.

Iris me entró directo al corazón.
No entró por la retina, ni por la pupila (que sí que se dilató), entró directa, como una flecha.
Así es como una flecha.
No deja de ser un tópico pero fue así.

Sentada a mi lado, un dios cabrón lanzó los dados y salieron seis;
vuelve a jugar.

Rompió el escudo que envuelve mi ser
y una punzada me hizo saber que ya estaba,
completamente envenenado ¿encaprichado?.

Iris es angelical, celestial, demasiado bonita para ser real.
Sonríe y baila
y baila y sonríe
y esquiva miradas que puedan doler.

Como una punzada en el corazón Iris crecía en mi imaginación.
Mientras, en la vida real, yo me hacía más y más pequeño.

Iris pasó (y lo digo copiando a Sabina- ¿porqué no? El siempre habló mejor que yo-) como pasan las cosas que no tienen mucho sentido.

Hipnotizado, prendado, atontado.

Atontado.

Completamente atontado por un arcoiris que se metió en mi piel.
Siempre creí en el arcoiris.

Igual jugué mal,
igual soñé mal,
tal vez, quizás, me expresé mal o sentí mal.

El caso es que, no importa cómo ni porqué, Iris se me fue, se me escapó.
En realidad, nunca fue mía.

(Aunque tal vez por ego o por cobardía
me atrevo a decir que no estuvo muy lejos de serlo)

Espero, con el próximo sol, la próxima lluvia,
volver a creer en el arcoiris.

2002?



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