Se me derrite en la mano, cada vez que intento abrir alguna puerta

lunes, 7 de enero de 2008

Cambiando de tercio... Un poco del Sabina Golfo

Empalagado de tanto romanticismo mío,
de tanta mel-alcoholía y año nuevo,
me escapo de mi ego unos momentos
y leo a quien escucho con pleitesía.

Que yo escribo bien a veces,
y otras tantas no tan bien
que me aburro de mi mismo
y de mi mono de mono-tema
con los sueños por bandera.

Así que desabrochense las cremalleras, los sin-turrones,
que aunque no tenga melodía esta canción para magdalenas,
para las chicas malas y faeneras
dementalistas de pantalones,

aunque no sea de oro, de bronce o plata
y a lápiz del maestro no sea mas que hojalata,
merece ser escuchada con atención,
aunque sólo sea por evocarlas,
aunque sólo sea por diversión.

(Yo)


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(él)
Una canción para las chicas malas

El porno que me excita es cutre y casero,
mejor la Maritornes que la Afrodita,
jartito de subir la cuesta de enero
y que me diga nasti la Margarita.

Yo butanero, usted amita de casa
hablo del siglo veinte,
cuando era un pibe,
un polvo en la cocina
y sino ¿qué pasa?
Lo imaginaban las pajas
del que suscribe.

Pongamos un enfermo por bulerías
y una dulce enfermera de azul y cofia
y una puta en la cárcel de Yeserías
soplando las velitas de la bazofia.

Si te invitan a un porro y una papela
puedes decir que sí,
que no, depende,
en Europa también existen las favelas
y coños que se compran y se venden.

Benditas las braguitas que se dejaban
ondear a media asta en un descampado,
y en la misa de doce se confesaban
de dos mentirijillas y tres pecados.

Las tontas de la clase, las más horteras,
doctas de un evangelio que no está escrito,
las hijas naturales, las peluqueras
que bailan con cualquiera el vals
de San Vito.

Las madres de Lolita, las cuarentonas,
con faldita escocesa de colegiala,
las primas inter pares, las calentorras,
las viuditas alegres, las chicas malas

J.Sabina
Madríd, julio 2004