Se me derrite en la mano, cada vez que intento abrir alguna puerta

martes, 22 de enero de 2008

Entre la niebla y la tiniebla

Entre la niebla y la tiniebla siempre, de alguna manera, logro adivinar de dónde sale esa poca luz que nos ilumina, ya sea de noche o de día.

La persigo sabiendo que de allí, de donde ella viene, hay más, más luz y menos niebla, menos tiniebla. Camino y tengo la suerte, el don o simplemente la capacidad de seguirla hasta su inicio, hasta su entrada en la oscuridad, que para mí es una salida.

Me gusta, a veces, por el echo de tener esa capacidad, meterme una y otra vez, en cuevas cada vez más oscuras o tenebrosas y buscar alguna otra persona perdida, agarrarle fuerte de la mano y aunque igual tarde un poco en cogerme confianza, hacerle sentir segura y sencillamente llevarles hasta la salida.

Una vez allí, la mayoría salen volando, a disfrutar de la libertad, a veces sin tan si quiera un beso, un triste adiós o una despedida. Es curioso porque cuando no son ellas quien lo hacen, soy yo quien al poco tiempo, se vuelve a meter en la cueva sin un triste adiós o despedida, sin un beso, a buscar otra persona, otra alma perdida y llevarle hacia la luz. Existen los raros casos de aquellas que, sabiendo que volveré a buscar en esa cueva, después de muy poco tiempo disfrutando junto a mí de su libertad, sin darme tiempo a soltarles la mano, se adentran en la oscura cueva y esperan, no mucho ya que no es necesario, a que llegue. Es entonces cuando sin casi darme tiempo a agarrarle de la mano me la lanzan y me aprietan, haciéndome sentir seguro. Entonces con paso firme le guío hasta la salida para volver a repetir una y otra y otra vez el mismo juego que siempre se hace diferente.

09 01 04

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