Se me derrite en la mano, cada vez que intento abrir alguna puerta

miércoles, 6 de mayo de 2009

San Francisco.





San Francisco se pierde hacia el mar por esa playa norte, donde no hay playa.
Llega a Alcatraz, desde donde sueña libertad perdiéndose entre las nubes que cubren las ventanas de los rascacielos.


Desde su lado más rico tiende un puente hacia la ciudad, la gran ciudad.


Se desliza por Lombard Street, sube las cuestas en sus viejos tranvias y gira cada esquina en limusina bailando reageton. Mientras, al otro lado de su cristal tintado suena un saxo que inunda de Jazz la gran puerta de China Town.

Se viste de colores, de razas, en cada barrio, en cada zona. Antes de que existieran los vuelos o los aeropuertos, ellos ya eran de todos lados. También de frutas y flores, cada domingo se viste el embarcadaro antes de que nazca Market Street. Cuando a la tarde llega y el sol colorea los paseos de pescadores, toca algún artista en the Cannery.

Misión Dolores cuenta que el español estuvo allí y ahora reza porque las pesadillas de terremotos no tiren los sueños que han construido. De eso se encarga precisamente el barrio de la alegría, que colorea sus semáforos y fachadas celebrando libertad.

Pero San Francisco todavía, lleva flores en el pelo, tiene banda sonora de folk y rock, huele a paz y amor, a Golden Gate park, cuando los hippies de hoy persiguen el sueño de los de ayer, en el que la psicodelia de Jimmy Hendrix y la garra de Janis Joplin tan solo acababa de nacer.

Así que si pasas, enamorado o no, por San Francisco...
be sure to wear some flowers in your hair.

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